En junio de 2011 viví el momento de mayor angustia de mi vida: mi hijo, de dos años y medio, entraba a la Terapia Intensiva del Sanatorio Anchorena de Buenos Aires. Un neumococo había hecho un desastre en sus pulmones.

Todo comenzó con un cuadro febril. Lo llevamos a la pediatra y nos indicó hacer un estudio de rutina, para evaluar si era necesario recetarle antibióticos. Descartada esa opción, nos indicó controlar la fiebre. Al día siguiente estaba un poco mejor y nos tranquilizamos. Pero a los dos días volvió la fiebre y llamamos un médico a domicilio. Luego de revisarlo nos dijo que debíamos llevarlo de urgencia a un hospital ya que necesitaba asistencia inmediata.

En la Clínica Santa Isabel le hicieron una placa de sus pulmones. Cuando vi la cara del médico al observarla entendí que era algo grave. Me dijo que íbamos a tener que pedir el traslado ya que la Clínica no contaba con Terapia Intensiva Pediátrica. Mientras tanto le pusieron oxígeno y esperamos en un cuarto durante casi seis horas hasta que llegó la ambulancia que lo iba a trasladar.

Llegamos al Sanatorio Anchorena a la medianoche. La sala de espera estaba a oscuras y vacía. Nos sentamos con la mamá de mi hijo y empezamos a rezar. Y también a pedir oración a los amigos de nuestra comunidad. Rezamos el rosario ya no sé cuantas veces. Por la mañana un médico nos dijo que a Pedro sólo le funcionaba medio pulmón y que iban a colocarle un respirador de alta frecuencia. El respirador convencional no le alcanzaba.

El Jefe de la Unidad de Terapia Intensiva pediátrica nos explicó la complejidad del cuadro y nos dio las indicaciones para acompañar a nuestro hijo. Nos explicó que Pedro podía escucharnos. De modo que nos aconsejó hablarle y transmitirle tranquilidad.

 

Una Fortaleza desconocida

 

Era la primera vez que entraba a una sala de terapia intensiva. Jamás imaginé que sería para acompañar a mi hijo. Ver su cuerpito con tubos, mangueras y aparatos conectados es una imagen que aún hoy no se borra de mi memoria. Sentí escalofríos pero al mismo tiempo una fortaleza desconocida y un amor profundo.

CREER ES CREAR

Entonces se me hizo presente esa frase que tanto repito: CREER ES CREAR. Sabía que mi hijo necesitaba CREER que se estaba curando, para CREAR el mismo su propia cura desde adentro.

Todos los niños tienen una FE ciega en sus padres. Ellos creen todo lo que nosotros les decimos.

Así fue como su mamá y yo, cada vez que nos permitían pasar a verlo, además de decirle cuanto lo amábamos, le explicábamos que se estaba curando y que muy pronto estaríamos viajando a Disney. Le relatábamos el encuentro con Mickey y el resto de los personajes. Y hasta le cantábamos las canciones que a él le gustaban.

Cuando Pedro empezó a mostrar signos de recuperación y nos anunciaron que pasaría a Terapia Intermedia porque estaba fuera de peligro, el médico nos confesó que sólo se salva un nene entre cien cuando entran con un cuadro semejante, con un pulmón y medio tomado.

 

milagro
Casi un año más tarde, aquello que creímos, lo hicimos realidad.

 

Un milagro auténtico

 

Un solo milagro cada 99 niños que dejan el plano físico, y a sus familias consternadas. Pedro fue el del milagro. Y nosotros, su familia, sus amigos y todos los que rezaron y lo visualizaron y enviaron su energía, fuimos los testigos privilegiados. Fuimos protagonistas de un auténtico milagro. Y mucho más aún: fuimos co creadores de ese milagro!

 

La Ontología del Lenguaje me regaló esa distinción fundamental para que yo haya sido uno de los co creadores del milagro que le salvó la vida a mi hijo. Por supuesto que sin el accionar de los médicos; su profesionalismo y su amor, el poder generativo del lenguaje tal vez no hubiera sido suficiente. Por eso hablo de co creación.

 

 

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Todos tenemos en nuestro interior el mismo poder. Muchos aún lo desconocen. Por eso escribo esta historia; para que lo descubran y lo pongan en práctica. Creo que es una de esas historias que merecen ser compartidas. Para empoderar a muchos otros. Para seguir co creando muchos más milagros.

 

Todos tenemos historias que merecen ser contadas.

 

Si llegaste hasta aquí y tenés tu propia historia que nunca te animaste a contar, tengo dos propuestas para hacerte:

Si quieres descubrir tu propio poder, te invito a tener una conversación de Coaching conmigo.

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