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“Ninguna emoción elimina tan eficazmente la capacidad de actuar y de razonar como lo hace el miedo” Edmund Burke

Durante más de 20 años trabajando en grandes organizaciones, fui testigo presencial de todo tipo de liderazgos, y el que más me impactó fue aquellos que se caracterizan por imponerse a través del miedo. He visto como la baja moral, la timidez, el esconderse, las mentiras, el miedo al error provocada por esta cultura del terror afecta directamente el desempeño de las personas, impactando drásticamente en los resultados de la compañía.

En este artículo te voy a contar las consecuencias que genera un liderazgo de este tipo y a mostrar una nueva mirada acerca de esta emoción que opera, aunque muchas veces lo neguemos, en todos los seres humanos.

¿Por qué lo ocultamos? ¿De qué me protege?

Tenemos creencias equivocadas en relación con el miedo. Tenemos una actitud de descalificación  hacia el miedo que lo ha convertido en una emoción indigna. “No seas cobarde”, “no hay que tener miedo”, “Hay que superar al miedo”, “El problema es el miedo”. Hay que tratar, por todos los medios, de no sentirlo.

En el ámbito de las organizaciones, fui y soy testigo de muchas personas que trabajaron y trabajan con miedo. Está “mal” decir que te dá miedo algo, porque te ven débil e incompetente, por lo tanto no sos merecedor de ese puesto. Compañeros temerosos de reconocer el trabajo de un par y de ocultar información. Jefes mezquinos que desvalorizan a sus colaboradores por temor a que le “serruchen el piso”, o que evitan defender a sus equipos por no contradecir a sus superiores. Directores que se engrandecen con sus logros, sin compartirlos con el resto de los equipos, como si lo hubiesen conseguido solos. Colaboradores, jefes y directores que no quieren romper el status quo de la compañía, por miedo a exponerse “llevando la contra”.

Creencias puras, y sobre todo, limitadoras.

¿Cómo impacta en el desempeño de las personas y en las organizaciones?

  • No hay interacción.
  • El orden se mantiene a través del castigo.
  • Falta a la verdad.
  • Temor por pérdida de su trabajo.
  • Temor a cometer errores.
  • No hay posibilidades de desarrollo.
  • No se quieren mostrar.
  • La creatividad e innovación es nula.
  • Perdida de talentos.
  • Perdida de información.

Estas consecuencias pegan directamente a la moral, la confianza y la autoestima de las personas, o sea, afecta los resultados de toda la compañía.

A este miedo lo llamamos disfuncional, aquel que paraliza, angustia, inhibe, desorganiza y bloquea la posibilidad de experiencia y aprendizaje.

Una nueva mirada

Según Norberto Levy, médico psicoterapeuta, para entender el miedo hay que tener en cuenta dos consideraciones:

La primera, ¿qué es el miedo en si?

Es una señal que muestra una desproporción entre el peligro al que nos enfrentamos y los recursos que disponemos, y que además pone en marcha la tarea de reequilibrar tal desproporción. Si yo enfrento una amenaza nivel 10 y poseo recursos nivel 3, voy a sentir miedo. Hasta que descubra cuáles son esos recursos que necesito para que cese la amenaza.

No todos sienten miedo por la misma amenaza. Por ejemplo: alguien puede sentir miedo al tener que presentar un nuevo proyecto frente al directorio dado que se siente capaz de hablar en público. Pero puede no sentir miedo aquél que tiene confianza en sí mismo y se siente seguro de sus capacidades.

Esta desproporción son una construcción que nos hacemos desde el observador que estamos siendo. Y viene desde nuestros juicios, educación, cultura, valores, experiencias. Por lo tanto, somos nosotros mismos quienes tenemos la posibilidad de balancear este desequilibrio.

Según Levy, es importante aclarar que el miedo no es el problema. El miedo está indicando que existe un problema, lo cual es completamente distinto. Porque nos está dando la posibilidad de resolverlo. Imaginen la luz roja del tablero del auto que marca que nos estamos quedando sin combustible. El miedo viene a ser esa luz roja, esa alerta. Si la desoyera o no la quisiera ver, tendría un problema más adelante que sería quedarme a mitad de camino por falta de combustible.

La segunda consideración, ¿cómo reaccionamos frente al miedo?

No solo tengo miedo, sino que a su vez, tengo una reacción al mismo. Muchas veces me enojo, me avergüenzo, me desprecio. Y de la naturaleza de esta reacción será el destino del miedo original. Si mi reacción es de enfado y desvalorización, perdemos la posibilidad de gestionarlo y asistirlo. Y con el tiempo  pueden ir apareciendo tensiones, insatisfacción generalizada, malestar, desagrado, desconfianza, entre algunas de las manifestaciones de un miedo que no fue escuchado.

 La funcionalidad o no del miedo depende de nuestra respuesta interior en relación al miedo que siente. Lo particular de esta mirada no es que no nos detenemos en eliminar la amenaza, sino en centrarnos en esa respuesta interior, en los recursos que precisamos para atenuar el miedo original.

Existe un evaluador interno (aspecto juzgador) que reacciona ante lo que siente y hace el evaluado (aspecto temeroso o realizador), y es quien lleva a cabo esa respuesta interior.

En el ejemplo anterior, el evaluador no hace más que agravar el miedo original, ya sentía miedo por hablar en público, y se suma el trato hiriente e inadecuado, entonces tengo dos problemas.

Sin embargo, podemos optar por tener un diálogo entre ambos aspectos que sea funcional. Y es cuándo el aspecto juzgador escucha y respeta al aspecto temeroso. Respetarlo implica reconocerle el derecho a estar cómo está.

Gestionándolo a nuestro favor.

La propuesta es diseñar un diálogo entre ambos aspectos para que puedan colaborar entre sí y hacer que el miedo inicial cese. Tal vez al principio resulte un tanto extraño hacer este ejercicio. Requerimos de práctica para hacerlo, pero el solo hecho de empezar a identificar un miedo y el tomar conciencia de la amenaza y que recursos necesito es un gran avance.

  1. Identificar con claridad a qué le teme.
  2. Dibujar en un papel cómo es su aspecto temeroso (realizador), la figura humana que mejor lo refleje. Descríbalo lo más detallado posible.
  3. Tomando el lugar del evaluador interno, imaginar que ese aspecto está delante de ud, ¿Qué siente al verlo? ¿Qué opina de él? Registrarlo.
  4. Tomando el lugar del aspecto temeroso, ¿cómo se siente al escuchar lo que el evaluador interno le ha dicho?
  5. ¿Qué necesita el aspecto temeroso escuchar por parte de su evaluador para sentirse ayudado a crecer y fortalecerse?
  6. Continuar este diálogo interior el tiempo necesario hasta que ambos recuperen el vínculo de cooperación.

Esta dinámica siempre se dá, pero la mayoría de las veces es inconsciente. Traer a consciencia este diálogo nos permitirá que ambos aspectos trabajen de manera colaborativa y no destructiva, y encontrar los recursos necesarios para afrontar esa amenaza y que la sensación de angustia desaparezca.

“El daño más grande que la cultura ha generado en la existencia humana ha sido el dar valor de bueno o malo a las emociones. Las emociones no son ni buenas ni malas. El problema surge de nuestra ceguera ante nuestro emocionar, y al no verlas, en el quedar atrapado en ellas. Les decimos a nuestros niños “controlen sus emociones” lo que equivale a decirles: ”niéguenlas”, y los atrapamos en la ceguera sobre nosotros mismos. Si dijéramos: “mira tú emocionar y actúa consciente de él les abriríamos un espacio reflexivo y los invitaríamos a una libertad responsable”. Humberto Maturana

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