Después de una vida con un determinado modelo de bienestar basado en el disfrute y la posesión-acumulación, la pandemia del COVID 19 nos llevó a un encierro, a tomar distancia de las distracciones sociales, a miedos impensados hasta aquí y a cambios profundos en nuestros valores y en lo que nos importa.

Muchos se han preguntado tal vez por primera vez sobre el valor de la vida misma, sobre sentirse parte de ella por el simple hecho de estar vivos, así como por sus estados afectivos más importantes. También vimos con mayor claridad la relación entre consumo y el agotamiento de recursos naturales cada vez mayores, y su relación con los deshechos y la destrucción de nuestro propio hábitat.

Y en términos de intimidad, se nos dio vuelta un espejo, nos encerró en casa y nos llevó a revisar la relación con nosotros mismos, con los más cercanos y con la lista trascendente de aquello que realmente nos importa en la vida.

Esta no es una situación fácil ni demasiado conocida por nosotros que hemos vivido hacia fuera y escapando de muchas de estas preguntas. Para variar, he encontrado en Heidegger una forma de interpretar esto que a algunos nos pasa, en épocas de soledad y límite a los estímulos exteriores a los que siempre hemos recurrido.

El aburrimiento

Desde un punto de vista cotidiano tendemos a pensar que el aburrimiento es algo que aflora en ciertas situaciones de nuestra vida, especialmente en situaciones que se nos empiezan a hacer pesadas e insoportables. Según el filósofo, el aburrimiento tiene la peculiaridad de irnos sumiendo lentamente en el más completo de los vacíos y además nos cambia nuestra relación con el tiempo, porque se nos alarga el tiempo de espera.

Algunos idiomas, nos dan imágenes en sus palabras, porque “pintan” la idea con maestría. En alemán,  tedio o aburrimiento se dice: “Longewelle”, que significa “largo rato” . 

Podríamos identificar tres formas básicas de aburrimiento:

  1. – El aburrirse de algo
  2. – El aburrirse en ocasión de algo
  3. – El simple hecho de aburrirse sin más (el aburrimiento en toda su extensión).

Imaginemos desde el mismo ejemplo que pone el autor: Una persona que esta sola en una estación de tren en medio de la nada, esperando la llegada del próximo tren. No hay nadie allí a quien mirar o con quién conversar, no hay un lugar donde comprar revistas, ni un bar donde tomar un café, perdió su celular, y no puede chatear o llamar a nadie. No tiene un libro, ni se escucha música. Claro está que puede cerrar los ojos, imaginar su trabajo del día siguiente, o recordar hechos familiares. Es posible que en algún momento abra los ojos y decida caminar, y revisar con detenimiento detalles de la estación, y volverá a hacerse preguntas sobre el tren. Buscará mirar la hora en algún lugar y matar el tiempo de alguna manera. Porque lo que sucede lo enfrenta a una realidad: su relación con el tiempo. El “longewelle” comienza a estirarse con monotonía.

En la primera forma de aburrimiento, se siente arrojado a un vacío, y se manifiesta su relación con el tiempo. Ese tiempo es un intervalo.

En el segundo caso el tiempo es un instante extendido, mientras esa situación no se termine. En algún momento el tren llegará, o el evento llegará a su fin.

Pero en la tercera forma de aburrimiento se encuentra anclado en el horizonte del tiempo: interminable y que se alarga y se alarga hasta el nivel más profundo de aburrimiento. Este es el verdadero significado de la palabra alemana Langeweile. Y entonces los seres caen en tal indiferencia que hasta pierden la conciencia de sí mismos, y dicen: “Uno se aburre”. Ni siquiera hay conciencia para decir “Yo me aburro”.

Otra mirada al aburrimiento

Por otro lado, el aburrimiento puede ser un maestro. Nos pone frente a la posibilidad de vivir una experiencia pura del tiempo y a que tomemos conciencia de la posibilidad de abrirnos al mundo. A ese al que podemos acceder desde la curiosidad y el asombro y alegrarnos y descubrir todo un mundo nuevo aún a través de mirar con ojos predispuestos. 

Tal vez la pandemia nos permita, a través de este intervalo creado, reflexionar sobre nuestra relación con el tiempo, sobre nuestros estados de ánimo más vitales y cómo nos predisponen a la afectividad, a los otros, a lo desconocido. Donde podemos incluir nuestros sueños, y a la posibilidad de volvernos a asombrar re descubriendo con ojos nuevos el mundo que vivimos.

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