Por Germán Bianco*
La primera vez que una inteligencia artificial me devolvió algo que no era lo que yo esperaba, hice lo que hace casi todo el mundo: culpé a la máquina. «No entiende», pensé. Volví a escribir el pedido con más vehemencia, como si el problema se resolviera subiendo la voz. El resultado fue apenas mejor.
Me llevó algunos minutos darme cuenta de algo: la IA había hecho exactamente lo que le pedí. El problema no estaba en su capacidad de responder. Estaba en mi capacidad de pedir.
Y esta dinámica, para alguien que trabaja hace años en coaching ontológico, tenía un aire familiar.
Porque lo que la IA me estaba mostrando no era un problema técnico. Era, con todas las letras, una de las competencias conversacionales. Uno que Rafael Echeverría (Uno de los padres del Coaching Ontológico y autor del libro Ontología del lenguaje) había descrito con precisión tres décadas antes de que existiera ChatGPT, Claude, Gemini, etc.
Veámoslo en profundidad
Un prompt no es un comando. Es un acto.
En la vida cotidiana tendemos a creer que el lenguaje sirve para describir cosas que ya están ahí.
Echeverría cuestiona esa idea de raíz: sostiene que el lenguaje no sólo describe la realidad, sino que la crea (Echeverría, 1994, p. 17). A ese lenguaje que hace que las cosas sucedan lo llama generativo.
Un prompt es lenguaje en su forma más generativa. Cuando se le pide algo a una IA no se está describiendo un texto que ya existe: se lo está haciendo aparecer. Ese resultado no existía antes del pedido. Lo generó el pedido.
De ahí se desprende una consecuencia práctica enorme, y es el corazón de todo lo que sigue: si el resultado lo genera un pedido, la calidad del resultado va a ser proporcional a la calidad del pedido. No hay escapatoria. La IA no adivina lo que tenes en mente. Trabaja con lo que se le solicita.
La anatomía de un buen pedido
Acá es donde el coaching ontológico, de la mano de la ontología del lenguaje, viene a colaborar para hacer un aporte. Echeverría plantea que, sin importar el idioma que hablemos, cuando hablamos ejecutamos siempre el mismo repertorio de acciones: afirmamos, declaramos, pedimos (Echeverría, 1994, p. 39). Y le dedica páginas enteras a una en particular: la petición.
Una petición bien formada, dice, tiene cuatro elementos: alguien que pide, alguien que va a cumplir, condiciones de satisfacción claras y un factor tiempo. Cuando falta alguno, la petición falla, y falla de un modo muy específico. Echeverría lo dice sin vueltas: muchas veces las cosas siguen como estaban «simplemente porque no se hizo una petición concreta y clara» (Echeverría, 1994, p. 55).
Traslademos esos cuatro elementos al momento de Promptear a una IA:
- Quién pide. ¿Se le dio contexto de quién le pide y para qué lo pide?
- Quién cumple. ¿Se le dio indicaciones de qué rol debe tomar la IA: redactor, editor, analista?
- Condiciones de satisfacción. ¿Se especificó tema, tono, extensión, que se pretende y que no se pretende?
- Tiempo y forma. ¿En qué formato se espera, con qué estructura?
Comparemos. Un pedido pobre: «escribime algo sobre liderazgo». No hay condiciones de satisfacción.
—¿algo de qué tipo?, ¿para quién?, ¿de qué extensión?—, no hay contexto de quién pide ni para qué. La IA va a producir un texto genérico. No porque no sepa, sino porque se le hizo un pedido genérico.
El mismo pedido, bien formado: «Soy un Líder de equipo y escribo artículos para mis colaboradores.
Necesito un texto de 300 palabras sobre por qué cuesta tanto delegar, en tono directo, con un ejemplo concreto y sin lugares comunes.» Mismo tema, otro universo de respuesta. Lo que cambió no fue la IA. Fue el pedido.
Y lo interesante es que esta distinción no sirve sólo para hablarle a una máquina. El que aprende a
pedirle bien a una IA está entrenando, sin darse cuenta, la misma competencia que necesita para pedirle
bien a un equipo, a un socio, a un cliente. La máquina es el simulador.
La IA como espejo
Acá llega lo que, para quien escribe, es lo más revelador.
En una conversación entre personas existe lo que Echeverría, siguiendo a Humberto Maturana, describe como una brecha: lo que uno dice y lo que el otro escucha nunca son exactamente lo mismo. Maturana lo formula así: «El fenómeno de comunicación no depende de lo que se entrega, sino de lo que pasa con el que recibe» (Maturana, citado en Echeverría, 1994, p. 81).
Entre humanos, esa brecha se disimula todo el tiempo. El otro “nos conoce”, completa lo que falta, interpreta con buena voluntad, en algunas ocasiones nos vuelve a preguntar, nos lee la cara. La cortesía y el vínculo tapan las grietas de nuestros pedidos. Podemos pedir mal durante años y salir más o menos bien parados, porque quien está enfrente pone de su parte.
La IA no pone de su parte. No conoce a su interlocutor no completa con cariño, no interpreta tus intenciones más allá de las palabras.Devuelve, con una fidelidad casi cruel, exactamente lo que la estructura del pedido permitía. Por eso es un espejo más nítido que cualquier interlocutor humano: no muestra lo que se quiso decir, muestra lo que efectivamente se configuró con el pedido.
Y ese espejo devuelve algo más que un texto. Devuelve un primer acercamiento de qué observador estás siendo. Qué distinciones se posee, que preguntas se sabe hacer, con cuanta claridad se ve lo que se pretende, antes de pedirlo. Un prompt confuso casi siempre es el reflejo de un pensamiento confuso.
Aprender a promptear bien, en el fondo, es aprender a observarse a uno mismo mientras conversa.
Entonces, ¿la IA nos reemplaza?
La pregunta que muchos se hacen tiene, desde esta mirada, una respuesta inesperada.
Cuanto más potente es la herramienta, más pesa la calidad del que la usa. Una IA amplifica a quien la maneja: si sos un buen observador, con buenas distinciones y buenos pedidos, multiplica nuestra capacidad; si nuestra manera de pedir es pobre, multiplica la pobreza. La herramienta no nivela hacia arriba por sí sola.
Por eso el trabajo sobre el observador —que es, exactamente, el trabajo del coaching— no pierde valor con la IA. Gana. En un mundo donde cualquiera tiene acceso a la misma herramienta, la diferencia la hace quién sabe pedir mejor. Y saber pedir, escuchar, distinguir, formular con claridad no es una habilidad técnica que se descarga. Es una competencia que se entrena.
Así que, querido lector, la próxima vez que una IA le devuelva algo que ud no esperaba, antes de pensar “no entiende”, pruebe una cosa: relea su pedido y pregúntese qué escuchó. Es muy probable que la respuesta esté ahí. Y esa pregunta ¿qué escuchó el otro de lo que dije? es la misma que venimos haciendo, los que trabajamos en esto, desde mucho antes de que existieran las máquinas.
Porque la calidad de sus resultados, también acá, será proporcional a la calidad de sus conversaciones.
* El autor es Senior Coach Ontológico Profesional.
Referencias
Echeverría, R. (1994). Ontología del lenguaje. Dolmen Ediciones.






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